Bonifacio Byrne: Lira y espada

POR GUILLERMO CARMONA RODRÍGUEZ

poesia

Antes de atravesar el portal del teatro, Bonifacio contempla la ciudad que como un alud de mampostería desciende hacia él desde las faldas del Valle de Yumurí. Siente algo raro en el ambiente. No es atmosférico, sin embargo, la única comparación que le viene a la cabeza es la de esas mañanas soleadas que esconden dentro una potente tormenta. Hace ya casi un año que Machado logró su prorroga en el poder y la gente no está satisfecha con la jugarreta, sobre todo los más jóvenes. Pronto el primer relámpago rajará el cielo y entonces, se pregunta, qué hará él.

Unos días antes la Asociación Nacional de Veteranos lo invitó a recitar unos poemas para conmemorar la muerte de Domingo Mujica. Treinta y cuatro años atrás, en 1895, al principio de la guerra, algo se incendió en Byrne al enterarse que a ese joven insurrecto de Jovellanos lo fusilaron. De un tirón escribió unos versos que algún valiente raspó en una columna del Palacio de Gobierno y eso le costó el exilio.

Avanza por el recibidor del Sauto con andar resquebrajado. Tal vez, reflexiona, la valía de un hombre esté en su capacidad para sostenerse sobre las piernas. Cuando era niño e iba junto a su familia a las obras de las compañías líricas españolas, en ese mismo edificio, tenía un paso liviano y errático. Ahora, a los setenta, se considera la parodia de un cadáver, una burla a la movilidad.

Cuando un orador en el escenario habla sobre el joven Mujica, él llega a los camerinos. Ahí ya se encuentra el comandante del Ejército Libertador José Buttari Gaunard, también bardo y también en espera para recitar. Este sí luchó en la manigua y fue soldado, mientras que él, Byrne, solo fue otro exiliado que leyó en una tabaquería de la Florida y esa circunstancia, piensa con dolor, siempre será su herida más grande, porque el poeta de la guerra, como lo nombraron por sus elegías a los grandes jefes mambises, nunca estuvo en la guerra.

Un tramoyista lo saluda y le comenta que trabajó en los estrenos de dos de sus obras teatrales. Varón en puerta y Matanzas 1920 o el espíritu de Martí, dice el hombre en un alarde de buena memoria. Bonifacio le agradece con un gesto. Siempre se preguntó si fue feliz su incursión en las artes dramáticas. Disfrutó el éxito, pero un éxito efímero. De todas maneras, tiene otras preocupaciones, por ejemplo qué hará con respecto a la tensa situación que se vive en el país. Los estudiantes cada día que Machado continúa en la silla presidencial, se inquietan más en las aulas.

Oye que el orador lo llama desde el escenario. ¡Que aparezca el Poeta de la Bandera!, grita. Siempre que Bonifacio piensa en Mi bandera, el poema que le mereció el epíteto con que ahora lo solicitan, se siente un poco triste. Lo escribió en 1899 cuando volvió del exilio. Unos pocos días antes había enterrado a su hijo Plácido, su primogénito, allá, en la Florida. Nadie le pregunta por qué llegó de la distante ribera con el alma enlutada y sombría, si regresaba, después de casi cuatro años de ausencia, a Cuba.

El público recibe a Byrne con aplausos. Él ya está acostumbrados a ellos, sin embargo en los últimos tiempos se compara con un viejo estandarte de batalla agujereado por el comején. Ahora solo lo invitan a actividades oficiales, algunas para celebrar lejanas victorias, otras para que los muertos no se pudran en el olvido, como esta, y en esos actos siente que es, sencillamente, una estatua que gracias a misteriosos mecanismos dispara por la boca odas y sonetos. Sospecha que hasta su poesía ya tiene ese color pardo de los cañones oxidados.

Declama los primeros versos de su elegía a Domingo Mujica. Murió de cara al mar aquel valiente / bañado por la luz de la alborada. Cuando rememora al muchacho de Jovellanos y, por alguna razón, a su hijo Plácido, se percata al fin de cuál fue la sensación que lo invadió en el portal: fuera del teatro hay pólvora en el ambiente y la juventud a cada instante tiene la mecha más corta.  noble, serena y firme la mirada/ tranquilo el corazón, alta la frente. Tal vez, aún no sea el momento de colgar las armas, esos jóvenes necesitarán alguien que los guíe en la revolución que se aproxima y quién mejor que él para hacerlo. Las candilejas le sacan un destello de luz a sus ojos cansados.

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