La Colmenita en el Teatro Sauto: Funciones que ensanchan el alma

POR GUILLERMO CARMONA RODRÍGUEZ

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Los niños vestían al igual que todos los infantes cuando los padres eligen sus ropas, como pequeñas damas y diminutos caballeros; sin embargo, las funciones de La Colmenita estaban diseñadas para conservar intacto aquello que está debajo de las baticas de cumpleaños, los jeans de pata corta y las tiaras con orejas de gato, el diamante que resulta el alma de los pequeños que no solo atrapa la luz, sino que también la refleja.

La compañía de teatro infantil se presentó en el teatro Sauto el sábado 7 y el domingo 8. Ofreció el espectáculo de La cucarachita Martina, una versión libre del cuento tradicional, que se estrenó en 1996 hace más de veinte años y ha sido actualizada con el tiempo.

“Desde los años noventa, cuando surge el proyecto, éramos visitantes asiduos de este teatro. Aquí teníamos un hada madrina, que fue madre de varias generaciones de La Colmenita, Cecilia Sodis que ya no se encuentra entre nosotros. Pensé que su ausencia nos afectaría mucho, pero nos reencontramos con muchos del equipo de antes y los nuevos integrantes se parecen mucho al espíritu de ella. Hace 9 años no nos presentábamos aquí, y como ustedes rescataron esta joya arquitectónica, nosotros recuperamos la familia que hace rato que no visitábamos”, declaró Carlos Alberto Cremata, director del grupo.

La obra, además de regalar un momento divertido, traía consigo mensajes de respeto a la diferencia, en la conformación de los pequeños actores: adolescentes, algunos que aún no tendrían edad para tener pañoleta y poder chuparle la punta, mulatos, blancos, flacos, gordos, negros, Síndromes Down; en fin, un reflejo del público, como si colocaran un espejo gigante entre el escenario y el auditorio.

Más allá de provocar risa, aquella que tan fácil le nace a los pequeños de por sí, insufla ideas progresistas de una manera inteligente; por ejemplo, la importancia de la diversidad cultural representada a través de los pretendientes de la Cucarachita Martina: el gallo que representaba a un campesino, a un guajiro; el chivo, el clásico guapo cubano; un ratón, no Pérez, un charro mexicano; y el oso, el antagonista, que resulta un extranjero prepotente; además de otros.

En ella se le realizan varios guiños a la cultura cubana como la aparición del negrito, el gallego y la mulata, principales personajes del teatro bufo cubano. A la vez se ensartan, sobre todo en el final de la presentación, canciones de la música popular bailable, de los Van Van y Adalberto Álvarez y su Son.

En tiempos cuando predominan los productos banales y donde lo didáctico le da espacio a lo vulgar, funciones así, con las alas tan grandes, constituyen remansos dentro del arte hecho para los niños. Y al montarse en lugares como el Sauto, incentivan el gusto por los teatros, porque aquellos cuyos padres disfrazaron como pequeñas damas y diminutos caballeros, serán en un futuro los que lleven a sus hijos a presentaciones que impacten el pensamiento y el espíritu, en un remplazo generacional, en un ciclo infinito.  (Fotos del autor)

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